Estoy comenzando mi segunda semana en New York, sí, otro cambio
más en este año que parece no quiere dejarme quieta en un solo lugar y por el
contrario se empeña en hacer de mi vida un viaje, cosa que para nada me
molesta.
Créanme, me da algo de estrés subirme a un avión, pero a este en
particular no. Ese piloto se ganó mi confianza. Por tres horas y media iría
relajada porque quien manejaba sabía lo que estaba haciendo.
Pero ustedes estarán preguntándose a qué quiero llegar con esta
historia, ¡tranquilos! Resulta que cuando lo vi se me ocurrió la maravillosa
idea, muy cliché por cierto, de que Dios era como ese piloto, al que durante
todo este año le había dicho que sí en cada cosa loca que me pedía. Era
perfecto, los viajes ayudaban como ejemplo y algunas experiencias vividas
también. Pero como siempre Dios tiene mejores planes y creo que no le gustan
los cliché. Lo que quería Él era enseñarme otra cosa.
Durante la primera semana aquí estuve intentando tener mis
consejos editoriales con Él para este blog, los vídeos y demás; pero nunca
alcanzaba el tiempo en la mañana y cuando me disponía a tener la reunión ¡oh
sorpresa! mi chico decidía llamar y decirme: -alístate vamos a ir a tal lugar-.
Ustedes no se alcanzan a imaginar lo que yo sentía por dentro cada vez que lo
escuchaba.
La primera vez le dije de una que sí, sin reparos, sin jetas y con
todo el amor. Pero las otras dos salió de mí la peor persona. Me volví de esas
mujeres que exigen sus espacios, su tiempo y dejaba claro una y otra vez que no
estaba de acuerdo, que iba a salir finalmente por obediencia pero no más. Lo
peor es que luego me disfrutaba los planes y me daba cuenta que su intención
era que yo saliera del encierro a conocer con él la ciudad.
Pero tampoco soy tan bruta. A la tercera vez supe que algo más
grande estaba detrás de esto y decidí preguntarle a Dios qué quería enseñarme.
Ahí entendí, que durante tres días me estuvo mostrando que mi obediencia y
confianza no eran como yo había creído: una obediencia y confianza ciega como
la que tuve con aquel piloto de la aerolínea en la que viajamos.
En pocas palabras yo pretendía escribirles algo lindo sin haber
entendido la dimensión de lo que les diría. Y es que es simple, las que están
casadas me van a entender, obedecer a la cabeza de la casa en un mundo donde el
feminismo ha satanizado de tal manera a todos los hombres, echándolos en una
misma bolsa no es fácil. Mucho menos es fácil aceptar que somos cuello y ellos
cabeza.
Comprendí con esto que si no podía obedecer a mi autoridad directa
puesta por Dios en la tierra, mucho menos podría obedecer a Dios ciegamente.
La Biblia nos dice que la voluntad del padre es buena, agradable y
perfecta, nos dice además que todo lo que nos ocurre a sus hijos es para bien.
También nos dice que la mujer debe estar sujeta al hombre y que el hombre debe
estar sujeto a Cristo quien es la cabeza de la iglesia. No se trata de una guerra
de poderes, se trata de estar sujeto cada uno a lo correcto para poder confiar
y vivir vidas más tranquilas alejadas de la competencia y la exigencia.
Obedecer no es ir por la vida diciendo sí a todo, pero si no te
hace daño lo que obedeces no hay porque temer. No siempre lo que queremos hacer
es lo que más nos conviene y darle la oportunidad de ser cabeza a quien
realmente lo es puede resultar liberador.
No necesito exigirle nada a mi esposo, mi lugar como esposa y como
mujer no depende de eso. He descubierto que entre más le doy su lugar él me da
el mio.
Mi lección está aprendida. Pero seguramente año tras año, tanto él
como yo, tendremos que seguir trabajando en ser mejores en el rol que nos ha
sido asignado. Pero sobre todo una y otra vez tendremos que montarnos en el
avión de la confianza en Dios con una genuina obediencia por amor hacía Él y lo
que nos pide
santalulada