lunes, 4 de abril de 2016

Sin Facebook y aún sigo existiendo



No me gusta la era que estamos viviendo, tantas libertades, tantas opiniones a veces me confunden y me llenan de temor. No quiero decir que no me guste el tiempo en el que Dios me ha puesto para vivir, lo que no me gusta es la forma en que lo estamos viviendo. 

Llevo más de un año sin Facebook y no quiero con esto que sientan que me creo mejor persona, pero si quiero contarles que ha sido un tiempo valioso y que, aunque tengo la tentación de entrar muchas veces para recuperar algunos contactos cada vez que lo intento me da una pereza enorme regresar así mis intenciones sean las mejores. 

Dejé el Facebook porque me fastidié del bullying que personas cercanas y que no son cristianas realizaban cada vez que yo expresaba algo, sin querer que se sintieran aludidas, ellas siempre se sentían aludidas y hacían de mi muro un lugar de burla, ofensas que realmente eran agobiantes.
Dejé el Facebook porque pasaba la mayor parte del tiempo allí, viendo las mismas cadenas, los mismos vídeos, los mismos comentarios y me la pasaba suponiendo sobre la vida de otros como sabía que otros suponían de la mía. 

Dejé el Facebook porque mientras no lo tuve fui feliz, recuerdo que fue una amiga de la infancia quien me abrió la cuenta y me animó a tenerla, luego de eso empezaron aparecer personas de mi pasado, algunos agradables y otros que simplemente eran fantasmas tratando de alcanzarme y abrumarme con los recuerdos.

Y entre otras cosas dejé el Facebook porque me fastidié al ver como entre cristianos nos estábamos matando con palabras en vez de alcanzar a muchos con las mismas. Lo dejé para vivir un poco más y enredarme un poco menos, porque tanto chisme y relaciones poco profundas estaban haciendo que yo olvidara lo verdaderamente valioso de una amistad.

Confieso que tiendo a ser algo obsesiva con las cosas, cuando algo me gusta mucho puedo estar inmersa en ello por mucho tiempo, he luchado con la aceptación desde niña y sin duda siempre he querido responder y decir lo que pienso. Y eso en las redes es como un coctel que te tumba en segundos. A mí no me funciona tener Facebook, pero entiendo y sé que a muchas otras personas sí, y es a ellos a quien quiero invitarlos a algo, úsenlo de manera sabia y de vez en cuando salgan de allí para ir a ver a todos esos contactos que tienen, si tienen algún contacto por chisme no teman sacarlo, de nada vale amargarnos por la vida de otro que no podemos cambiar. 

Finalmente vivan, dejen vivir y sobre todo sepan que la realidad es más profunda que un simple estado, una foto o un comentario. El corazón no se conoce del todo en las redes y creo que sin querer queriendo lo que hemos querido todos en algún momento es obtener un poco más de atención y esa atención solo se encuentra en las relaciones cara a cara, donde podemos sentirnos, abrazarnos, reír, hablar y conocer de primera mano lo que sucede con el otro. 

Si sientes que no sirves para tener Facebook déjalo sin miedo, no va a pasar nada, no dejas de ser lo que eres y tampoco dejas de existir. Si crees que puedes seguir manteniéndolo no hagas de este tu vida entera. 

Por. Lucía Hernández- Santalulada. 

viernes, 2 de octubre de 2015

Dulce amargo

    
Delicioso como un dulce pero mal oliente como un ajo es el personaje del que hablaré en esta ocasión. Sabe a veces a victoria, un poco a venganza y a veces se disfraza de bondad con un toque de cultura general. 
 
Tiene un tinte de opinión, arregla las vidas de la gente en segundos y sin duda alimenta las lacenas de muchos que viven de él. El chisme es como una empalagosa miel, es como un delicioso chocolate y tan amargo como un té verde sin azúcar. 


Es uno de los hijos del juicio, sobrino del señalamiento y pariente cercano de la calumnia. Sin precedentes es reconocido en todos los medios y no hace distinción alguna de estrato o raza. Todos sin excepción nos hemos visto envueltos en uno o hemos prestado nuestro oído para escuchar alguno.


Parece tan común y tan necesario que nos acompaña en las comidas, en las reuniones familiares, en la política, en la televisión y en la iglesia. El infame parece un buen amigo pero sin duda es un verdugo que nos ajusta la soga y nos ahoga de a poco hasta que asesina amistades, la paz en nuestras familias y el espíritu de los que no conocemos. 


Estamos tan acostumbrados a él que ya nos parece normal, lo escuchamos, lo compartimos de forma viral y creemos que le hacemos un favor a la sociedad por ventilarlo. Se hizo tan parte de nosotros que estemos haciendo lo que estemos haciendo siempre hay algo malo por decir del otro. 


Y es que hace unas semanas empecé a notar que siempre tenía algo para decir “mira ese vestido que mostrona esa vieja” “desgraciado y corrupto político” “pero vea dizque líder y en esas” y así para todo una opinión. Empecé a sentir que mi cara se transformaba, mi espalda dolía con más frecuencia y mis oraciones más que paz contenían una carga terrible que no me permitía salir renovada de ese momento que se supone debería cambiarme y hacerme mejor persona. 


Sentía un olor a feo en mi boca y no tenía que ver con lo que comía, mucho menos con que no me lavara los dientes… había algo más y lo iba a descubrir de la manera más cruda a través de un pasaje en Santiago 4:11-12, perdón para algunos que me leen y que creen que la Biblia no es un libro actual, pero si se toman el trabajo de leer allí está la respuesta perfecta para acabar con los programas de chismes y las secciones de farándula que tanto les molestan y sin duda se puede encontrar una gran solución a las guerras infames que se han dado en nuestro planeta. 


Y sí, allí se encuentra un llamado directo para los que decimos amar a Dios y creer en Jesús, allí está quizá uno de los ejemplos más grandes que nos dejó él: NO JUZGAR A NADIE, me disculpo por la mayúscula sostenida pero es como un grito angustioso el que nos hace Santiago en el capítulo 4, no juzguen, no digan nada de su prójimo, ¿por qué quiénes son ustedes para hacerlo?. Y me pregunto ¿quiénes somos nosotros? Somos iguales o peores, pero preocupados por solucionar la vida de Sofía Vergara, Shakira o la vecina nos hemos olvidado de solucionar las nuestras. 


Con esto no quiero decirles que se depriman hasta las lágrimas y se den golpes de pecho por el chisme que acabaron de escuchar o contar, no, en realidad quiero es invitarlos a que me acompañen en un proceso que vengo haciendo de callar y se pongan como premisa algo en sus vidas diarias “Si no tengo nada bueno que decir, mejor no digo nada”. 


Al principio no va a ser fácil, pero ¡inténtelo! es verdaderamente liberador hacerlo. Guarde silencio cuando Maluma haga un comentario que no le gusta, cuando Fanny Lu salga vestida de una forma que a usted le parece indecorosa y mejor aún no diga nada del pelo de Marbelle (perdón por mis alusiones, pero me declaro una fan enamorada de los realities musicales),  hágalo donde más le cueste guardar silencio, cuando este rodeado de amigas o amigos que siempre tengan algo malo para decir y le invito a intentar algo más; cuando digan algo malo de alguien piense en algo bueno de esa persona que están asesinando con las palabras y si es valiente dígalo, es probable que la gente quede perdida o le discuta, pero créame con el tiempo será considerado como una persona confiable y de paso sabía. 


No se olvide de esto: dime de quién hablas y te diré que no te gusta de ti, el dicho no es así pero es bastante real. Intente cambiar el mundo una acción a la vez y verá lo interesante que resulta ser un superhéroe en su pequeño entorno.


¡Mucha suerte en su intento y jamás se canse de practicarlo!


viernes, 25 de septiembre de 2015

Paz



En Colombia estamos pasando por un momento histórico que realmente veíamos lejano, pues luego de intentos fallidos de procesos de paz con uno de los actores más complejos de nuestro conflicto armado, estamos viendo una pequeña luz en medio de  la oscuridad en la que se ha visto sumida nuestro país. 

Algunos sienten que hay impunidad, otros piensan que es necesario ceder en algunos aspectos con tal de alcanzar ese bien preciado que durante años todo el planeta ha deseado. 

Y yo soy de las optimistas porque desde chiquita me ha gustado la política y tengo dentro de mí una especie de héroe chiquito que ha soñado con arreglar la sociedad y todos sus problemas. Pero viendo tan cerca una posibilidad de tener algo de paz en mi país me cuestiono qué tan sencillo va a ser desmovilizar los corazones de la gente. 

Y lo digo porque hay que ver a diario las noticias para darse cuenta que no es solo cuestión de un grupo armado, sino de todos nosotros, los robos, ataques con ácido, extorsiones, barras bravas, mujeres bravas… Tenemos tan arraigada la violencia en nuestros corazones que nos es más fácil odiar que perdonar, tratar con indiferencia y criticar.  

Pero qué pasaría si nos sentamos en nuestras propias casas y hacemos un proceso de paz, sacamos las banderas blancas y nos sentamos hacer acuerdos que mejoren nuestra convivencia y luego hacemos lo mismo en nuestras oficinas y por qué no en nuestros barrios. 

Se imaginan todos haciendo acuerdos que respetamos para convivir mejor. Y se la pongo más difícil qué pasaría si perdonamos y le damos indulgencia a esa mujer que se llevó el marido que tanto amamos, al novio con el que planeábamos tantas cosas, a la vieja que nos usó por la plata y luego se fue con otro más. Al vecino que nos miró feo, a la persona que nos hizo daño en la iglesia y así con cada persona que nos lastimó.

Yo sé que usted puede estar diciendo “No me venga con cuentos, yo no puedo olvidar lo que me hicieron” y es verdad, eso no se lo voy a pedir ni a discutir. Perdonar no es olvidar creo que difícilmente fuimos diseñados para olvidarnos de cosas que marcaron nuestras vidas, pero sí fuimos diseñados con una capacidad llamada resiliencia para levantarnos de las más grandes dificultades y dolores del alma y el cuerpo. Y de manera asombrosa podemos ver de una manera diferente esas situaciones que nos dañaron.

Hoy quiero invitarle a perdonar, a sacarse de adentro toda la amargura que dejó el dolor que pudo vivir en el pasado o que está viviendo en la actualidad, quiero invitarle a que pueda respirar sin un atorado adentro que le limita de disfrutar las buenas cosas de la vida, que son muchas y se pueden estar perdiendo por vivir atado a un pasado o presente de rencores. 

Yo le puedo dar varias fórmulas de perdón pero sin duda la que conozco y me cambió la vida, es a través del amor y la visión que sólo Jesucristo me ha dado frente a lo que vivo con los demás. Quién más que él quien fue a la cruz y a pesar de su dolor le pide al padre que perdone a los que le están lastimando porque no saben lo que hacen nos puede enseñar a perdonar.

Es en él que he logrado avanzar, perdonar cada cosa, a diario, desde la bobada más pequeña que me puede lastimar y es así que en medio de todo logro encontrar ratitos de paz sobreabundante que se van multiplicando de a poco en mi vida y los que me rodean.
Hablamos de paz y nos falta comprometernos, yo hoy le invito hacerlo. Busque en los anaqueles de su conciencia y de su corazón qué cosas le lastiman, quién es ese que puede merecer lo peor de usted y dejarlo libre. 

Si luego de eso puede imaginarse lavando los pies de quien perdonó como lo hizo Jesús con sus discípulos le puedo asegurar que vivirá plenamente una paz que jamás imaginó y que si lo hace todos los días va a permanecer y va a contagiar. 

La paz es tan grande pero a la vez tan simple que comienza por usted y en algo tan pequeño como su casa.